miércoles, 21 de marzo de 2012

RELATOS

             UNA CERVEZA... ¿TE PUEDE CAMBIAR LA VIDA?


Sergi, tenía el pelo moreno y ondulado, y un cuerpo musculoso muy bien cuidado. Se podía decir que se había instalado el gimnasio en su casa dada la cantidad de aparatos que tenía para ello. Era un chico muy introvertido, tanto, que le costaba relacionarse con la gente. Tenía cierto complejo al hablar, no porque tuviera algún problema, sino porque desde pequeño los niños se burlaban de él, aunque nunca entendió porque le trataban así. Desde entonces, su timidez se agudizó mucho más y con el paso del tiempo solo hizo que empeorara. Vivía solo en la casa que le dejaron sus padres al irse a mejor vida. Era hijo único, y eso hacía que su soledad se incrustara cada día más en su ser. Ya rondaba los treinta años, cuando se planteó que su vida tenía que cambiar. El aislamiento que llevó durante tantos años ya le estaba pasando factura. Se sentía retraído incluso con la gente que conocía de toda la vida. No conseguía encontrarse a gusto y por eso siempre huía de ellos refugiándose en la soledad de su casa. Ni siquiera sabía lo que era salir de fiesta con los amigos, ya que como no tenía, no le apetecía salir a tomar algo el solo. No podía saber el sabor que tenía una simple cerveza. La relacionaba con ir de fiesta para disfrutar de ella y como él no salía, pues no le apetecía tomarla él solo en casa.
Su vida era demasiado monótona, nada tenía sentido para él, incluso había perdido la ilusión por vivir. Sin embargo, esa mañana, se arregló un poco más para ir a comprar al supermercado, pero ni eso le animó, fue como tantas otras veces, desganado y cabizbajo. Al llegar, cogió el cesto y empezó a echar lo que necesitaba. Las cajeras no le quitaban la vista de encima cuando lo veían pasar. De apariencia física resultaba muy atractivo a las féminas. Sus ojos negros desprendían ese encanto en su mirada con un pequeño toque picarón que a las chicas tanto les gustaba. Aunque ese inevitable retraimiento le seguía impidiendo relacionarse con las personas, y mucho más con las chicas, y si ésta le gustaba con especial atención y se proponía acercarse a él para conocerlo, salía disparado como una flecha antes de que fuera demasiado tarde. Se convirtió en un chico solitario en el que no tenía interés por nada. Pero ese mismo día, se dio cuenta de que había una cajera nueva que había entrado a trabajar hace poco. Se quedó mirándola fijamente sin parpadear…
-¡Qué guapa! -exclamó para sus adentros.
Su esbelta figura y ese fino rostro angelical con esa melena rizada de color castaño que caía sobre sus hombros y que pretendían ocultar parte de sus mejillas, le dejó sin aliento. Era la primera vez que sentía esa sensación de tener las mariposas revoloteando en el estómago. Se puso tan nervioso que compró lo justo para volver a casa. Se puso en la misma caja donde se encontraba ella. Ni siquiera la saludó, simplemente le entregó el dinero justo cuando oyó su dulce voz. Los sentimientos se apoderaron de él, y deseó con todas sus fuerzas, hablar con ella, decirle que era lo más hermoso que habían visto sus ojos. Pero se encontraba en un mundo lleno de sensaciones que era totalmente desconocido para él, y aunque lo intentó, no se atrevió a levantar la cabeza para volver a verla antes de marcharse. Deseó por primera vez en su vida perder esa timidez que se apoderó de él desde pequeño.
Regresó a casa intentando buscar una solución al problema que tenía, deseaba con todas sus fuerzas que desapareciera por completo, como de la noche a la mañana. Sabía que pedía demasiado, pero no estaba dispuesto a perder esa oportunidad y quería intentarlo todo. No comió nada en todo el día. Llegó la noche, y tampoco pudo cenar, los sentimientos afloraban por cada poro de su piel. No dejaba de pensar en ella. Cerraba los ojos y el simple hecho de recordarla le hacía feliz. Por primera vez supo lo que significaba la felicidad. Se asomó a la ventana y observó que había luna llena. El resplandor de su luz la engrandecía aún más.
-Luna bella, haz que pierda esta timidez y pueda cambiar mi actitud con los demás. Quiero relacionarme con ellos sin ninguna dificultad… sobre todo con ella. Es tan… tan… no puedo ni describirla, su belleza es tan natural y su voz tan angelical… que me ha robado todos los sentidos. Estoy dispuesto a todo… aunque me de un no por respuesta, pero al menos, lo habré intentado… -dijo resignado y casi convencido de que no podría lograrlo.
Tras pedir ese ferviente deseo, se puso el pijama y se acostó. Esperaba al menos poder soñar con ella esa noche, pero no fue así…
El sueño iba a ser muy diferente a lo que él esperaba. Se vio a sí mismo deseando cambiar esa actitud que le dominaba. Así que para intentarlo se propuso salir de casa y parar en algún bar cercano. Caminaba por la calle hasta que observó un cartel que ponía “ Bar Rocasolán”. Al entrar, se dirigió a la barra. El camarero muy amablemente se acercó a él y le preguntó:
-¿Qué desea tomar?
Sergi se quedó mirándole ensimismado sin saber qué responder. No quería hacer el ridículo nada más entrar pidiendo algo fuera de lugar. De pronto vio a un hombre acercándose a la barra con una jarra medio vacía.
-Póngame lo mismo que está bebiendo ese señor -señaló con el dedo índice.
-¿Quiere una cerveza?
-Sí -contestó con rotundidad.
-Y, como la quiere, de barril, o en botellín… tercio, quinto…
Aquello ya le descolocó… ¿por qué le hacía tantas preguntas si sólo le había pedido una cerveza? Después de meditarlo decidió que en botellín.
-Tercio o quinto.
Sin más vacilamientos prefirió tercio, aunque no sabía a lo que se refería pero quería salir de ese atolladero lo antes posible.
-¿Sabe que la cerveza ya existía en el año 10.000 a. C.?
-Pues no, no lo sabía.
-Unos monjes de la Edad Media consiguieron refinar el proceso del uso del lúpulo, que es una planta canabacea que le da a la cerveza ese sabor amargo y que a la vez favorece la conservación.
-Me parece muy bien, pero quiere hacer el favor de ponerme ya la cerveza… -empezó a impacientarse.
-Y, ¿cuál de estas prefiere? -dijo posicionándolas una al lado de la otra-. La cerveza clásica de toda la vida, sabor limón y frutas de la pasión, la que tiene extra doble de malta, o si la prefiere sin alcohol tengo sabor té y limón, y por último con sabor manzana.
-¿Cuándo alguien le pide una cerveza siempre le saca el muestrario? -preguntó algo molesto.
-No, no suelo hacerlo porque me especifican la que quieren, pero como a usted le veo algo perdido, se lo quiero simplificar.
-Pues déjeme decirle que me lo ha complicado aún más. ¿Puedo probarlas y luego decidir?
-Puede, pero si las abro todas me las tendrá que pagar aunque no se las beba.
-Y a cuanto asciende.
-Unos diez euros.
-¡Joder con el muestrario! Deberíais tener las bebidas de muestra para que el cliente pudiera degustarlas sin problemas. Así podría elegir la que más le guste…
-Lo siento señor, pero aquí no trabajamos así. Cerveza que se sirve, cerveza que se paga.
-Ya veo ya, y aunque no me la beba… ¿No me puede hacer una rebaja en el precio?
-No señor, este precio es para todos.
El dilema que tenía era bastante obvio, no sabía por cual decidirse. No había probado ninguna bebida que llevara alcohol, y no se imaginaba el efecto que podía producirle ya que iba a ser su primera vez.
-Ábralas todas, las iré probando a ver cual me gusta más.
El camarero le miró extrañado, pensando que le estaba tomando el pelo.
-Debe ser que con la música no le he escuchado bien… ¡Manolo, quieres bajar el volumen de la radio!
-exclamó con una portentosa voz.
Éste, obedeció ipso facto, pero la bajó tanto que apenas se escuchaba la música y sí todas las conversaciones que se mantenían. Eso hizo que a Sergi le incomodara aún más esa situación.
-¿Me ha dicho que quiere probarlas todas?
-Sí -dijo escuetamente.
-¿Nunca ha probado una cerveza?
Aquél camarero le estaba resultando un tanto impertinente con tanta pregunta. Le estaban entrando unas ganas de marcharse de allí… Pero no quiso darle el gusto, y pensó que era mejor evitar decirle que no la había probado.
-Pues claro que he probado la cerveza, pero no sabía que existía tanta variedad.
En ese instante se acerca a él un joven de unos 20 años, rubio, alto, y de complexión delgada.
-Disculpe señor, me llamo Alex, y le estaba observando con mucho interés, me gustaría saber si… ¿se las va a beber todas? -preguntó con cierto interés.
-Pues no sé, igual sólo me bebo las que me gusten.
-Y… ¿podría yo beberme las que no les guste? Sería una pena desperdiciarlas tirándolas en la basura.
Mira por dónde le había salido otro preguntón, y encima aprovechado. Él tenía que pagar la bebida y aquel joven desconocido se las quería beber.
-De momento voy a probarlas, y después tomaré una decisión, claro está si no me interrumpe…
-No se preocupe, ya no le interrumpo más… medite, medite, y luego ya me dice…
Aquel joven se quedó observándolo con los brazos apoyados sobre la barra, esperando a que tomara la decisión a ver si le caía una cerveza o alguna más sin tener que pagarla.
Sergi cada vez estaba más enojado. Ahora tenía que aguantar al camarero preguntón y al joven que resultó ser un listillo. A punto estuvo de marcharse cuando alguien dejó caer una mano sobre su hombro.
-Aquí tenemos a un hombre hecho y derecho que se va a jalar toda la variedad de cervezas de que dispone el bar -dijo apretando el ancho hombro de Sergi.
Sergi se echó las manos a la cabeza, se sentía acorralado, tenía a su alrededor a dos desconocidos, uno a cada lado y, ya no pudo soportar más aquella situación y explotó.
-¡Quieren de una vez por todas dejarme tranquilo! ¡Debe ser el único bar al que no le dejan a uno beber!
-Tranqui tronco, -dijo quitándole la mano del hombro para darle unas palmaditas en la espalda-. Que sólo era un decir, joer… No te me reveles tan pronto, que he venido a apoyarte…
- ¿A apoyarme? En todo caso a empinar el codo a mi costa.
-Yo por ti, hago lo que haga falta tronqui, si hay que ayudarte a empinar el codo, se empina y ya está. Aunque por una cervecilla tampoco es cuestión de empinarlo mucho…
-Será posible, otro aprovechado… -refunfuñó Sergi.
-Uy, qué torpe soy, no me he presentado, me llamo Pichi -dijo extendiendo la mano.
-Yo Sergi -susurró entredientes-. Anda, que le cambias la segunda “ i ” por la “ a “ y no veas tronco, jajajaja
-Eso, así me gusta que haya sentido del humor, majete -le volvió a palmear en la espalda.
-Perdona, pero yo he llegado antes -aclaró Alex asomando la cabeza para que se percatara de que se encontraba allí esperando-. Así que ya te puedes ir marchando, ya le ayudo yo…
No estaba dispuesto a permitir que Pichi le quitara la posibilidad de beberse las cervezas. Pero supo que cometió un error al decirlo cuando lo vio aproximarse a él. Era igual de alto que él, moreno, pero con un cuerpo tan musculoso que se salía de lo normal. Su apariencia impresionaba dado lo ancho que era de espaldas y sus brazos parecían piernas. Alex, tragó saliva varias veces al verse en esa situación tan comprometida.
-Pero bueno, piltrafilla… ¿se puede saber quién te crees que eres para hablarme así?
-Yo… yo… Zoy amigo de ezte zeñod -respondió Alex.
-Pero qué forma de hablar es esa, acaso ¿te estás burlando de mí? a que te suelto un mamporro.
-No zeñod, no me budlo de uzted, ez que cuando me pongo nedviozo, laz ezes laz pdonuncio como zetaz y laz edes como de… -intentó aclararle.
-O me hablas en cristiano o…
Sergi intentó separarlo para que dejara al chico tranquilo ya que lo tenía aprisionado contra la barra sin poder moverse.
-Lo que te está intentando decir, es que cuando se pone nervioso, pronuncia las eses como “z” y las erres como “d” así de simple, así que deja de atosigarle -dijo intentando resistirse a soltar una carcajada.
-Porque se ha interpuesto este gran hombre que si no…
Alex ya pudo respirar más tranquilo, aunque el nerviosismo que todavía sentía en su cuerpo, no había quien se lo quitara de encima.
Mientras tanto, el camarero que se encontraba tras la barra, con el abridor en una mano y con la otra sujetando el tercio, no se había movido ni un ápice de allí. Ni siquiera las abrió, tan sólo observaba atónito lo que estaba aconteciendo en el local. Hubo unos segundos de silencio.
-¿Por qué no le dejan que tome la decisión tranquilamente y luego arreglan sus diferencias? -preguntó el camarero.
-¡Hombre, por fin escucho una pregunta coherente! -exclamó Sergi.
Ambos asintieron al camarero y permanecieron callados hasta que tomara la decisión.
Sergi sonrió abiertamente por primera vez. A pesar del incordio, esos dos extraños habían conseguido amenizarle la noche.
-Puedes abrirlas todas -le dijo al camarero, que estos amigos se las beberán por mí.
-¿Cómo? -preguntó sorprendido antes de abrirlas-. ¿Está seguro de lo que dice?
-Sí, a pesar de todo, se lo merecen. Son los únicos que me han hecho sonreír.
-Gracias tronco, no sabes como te lo agradezco, ahora sí que voy a empinar el codo, jeje
-Pedo hay cinco, doz pada cada uno, y que hacemoz con eza que zobda -comentó Alex.
-Para que no riñáis que se la beba el camarero.
-Gracias hombre por el detalle… pero entonces, ¿usted no va a beber ninguna?
-Claro que sí, me pones otra ronda para mí solo, pero me las beberé en casa tranquilamente -soltó una sonora carcajada-. Gracias por haberme hecho pasar tan buen rato… -dijo sacando el dinero de la cartera.
-Pedo hombde, no ze puede id… me va a dejad zolo.
-No, te dejo con Pichi, que es inofensivo, seguro que os hacéis buenos amigos.
-Claro que sí tronqui, que yo no muerdo, sólo ladro un poco -dijo palmeando la espalda de Alex.
-Aquí tiene, las vueltas y las cervezas.
-Gracias, hasta otra amigos -se despidió de ellos.
-Vuelve cuando quieras tronco, que aquí ya tienes a tus amigos esperándote.
Sergi giró la cabeza y se despidió con una gran sonrisa.
Y… hasta ahí duró el sueño.
Se escuchó un tremendo ruido y eso hizo que se despertara sobresaltado.
-¿Qué ha sido ese ruido? Ah, deben ser los niños jugando al fútbol…
De repente se acordó de lo que había soñado.
-¿He soñado con cerveza…? -se preguntó a sí mismo extrañado-. Con lo que me hubiese gustado haber hablado con ella, aunque sólo sea en sueños.
Se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para asearse. Ya arreglado salió a comprar el pan. Eran las diez y media de la mañana y aún no había desayunado, cosa rara en él. Nunca se había levantado tan tarde, y parecía que la mañana quería echársele encima. Al girar la esquina tropezó con alguien al que se le cayeron varios botes de cervezas. Inmediatamente se agachó a recogerlas y le pidió disculpas por lo sucedido. Al levantar la mirada para dárselas… se encontró con la dama que le había conquistado el corazón. Se quedó ensimismado mirándola con los botes en las manos, estaba delante de ella y no podía pronunciar ni una sola palabra más, y para romper ese breve pero intenso silencio ella dijo:
-No te preocupes, no tienes por qué disculparte -sonrió levemente-, es lo que tienen las esquinas no sabes con quién te vas a tropezar.
Sergi sonrió abiertamente, además de guapa, era graciosa. No sabía cómo continuar la conversación, miró la cerveza y se acordó del sueño que tuvo.
-Yo… eh… ¿Sabes que la cerveza ya existía hace 10.000 a. C.?
-Pues no, no lo sabía.
-Bueno, al menos eso me dijo el camarero con el que he soñado esta noche…
Le hizo tanta gracia aquel comentario que no podía parar de reír. La sonrisa tan grata que se desprendía de sus labios la embellecía aún más. Sergi estaba que no se lo creía, consiguió por fin hablar con ella apenas sin esfuerzo.
-Vaya, si que ha sido interesante ese sueño…
-Sí, aunque si he de ser sincero, hubiese preferido haber soñado contigo…
Al ver la cara que puso se arrepintió inmediatamente de sus palabras.
-Lo siento… yo… no lo he dicho con mala intención… yo… -empezaba a encontrarse incómodo y no sabía que hacer para arreglarlo- …no suelo hablar con la gente, me cuesta mucho…
-No temas, sé tu historia y… me resultará interesante saber como acaba ese sueño, tengo media hora libre si quieres acompañarme…
¡Le estaba pidiendo que fuera con ella! No se lo podía creer…
-Se… será un placer acompañarte.
Y así fue como Sergi empezó a perder esa timidez que tanto le incomodaba al hablar con la gente. La relación con esa misteriosa dama, fue como hecha a su medida.
En ocasiones pensaba qué podía haberle hecho cambiar así… el deseo que le pidió a la luna, aquel sueño cervecero, o ella… aunque él creía que estaba todo relacionado, el embrujo de la luna, y la persona más maravillosa del mundo que había podido conocer, gracias a la cerveza.